Los Chaneques

27.06.2012
por Dirección de Promoción

Los Chaneques

Los Chaneques

De la voz náhuatl “ohuican”, chaneque significa “los que habitan en lugares peligrosos”. En general, estas criaturas eran dioses menores de la mitología mexicana prehispánica, se creía que dichos seres habitaban en los bosques o selvas y cuidaban de los manantiales, árboles y animales, por lo que eran una especie de guardianes. Otra de sus características son sus “travesuras” pues suelen asustar a la gente, haciéndoles perder su “tonalli” es decir, el espíritu asociado al día de su nacimiento, el cual tenía que recuperarse mediante un ritual o el individuo corría riesgo de muerte.

Según las crónicas de algunas personas que los han visto, los chanques tienen aspecto de niños y se les encuentra en el sureste de México, estos personajes juegan escondiendo las cosas a las personas, e incluso, se dice que cuando se aparecen a alguien, es para “perderlo” pues ocasionan desorientación y desaparecen por un largo tiempo; por eso se dice que es mejor traer la ropa puesta al revés cuando se camina solo por el monte o la selva y así evitar que los chaneques te lleven.

En algún lugar de Catemaco…

“¡Yo los vi, compadre!¡Y no es cosa de que anduviera yo borracho! Noooo. En mi meritito juicio. Me interné en el monte buscando leña y me fui más lejos que de costumbre, entré por el camino de Solotepec y cuando me di cuenta ya estaba yo en el mero corazón de la selva como que una fuerza misteriosa me empujó hacia allá.

¡Qué lugar tan bonito, compadre! Con decirle que hasta me quité el sombrero en señal de respeto y de miedo también, porque la verdad sea dicha me dio miedo compadre. Me entró como un escalofrío y hasta calambre me dio, había un silencio como de muerte. El sol colaba sus rayos entre los espesos árboles y bajaba en tiras de luz esparcidas igual que como las que pintan en las estampas. Los bejucos que colgaban de los árboles parecían culebras que caían hasta el suelo; las flores de pitahaya se abrían tan grandes como nunca las había visto y deslumbraban de tan preciosas. Un Tucán rompió el silencio y se paró entre los árboles, pintándolos más con el arcoíris de su pico.

¡Ay compadre, qué cosa tan bonita!.... un airecito suave, blandito, se pegaba al cuerpo como acariciándolo, y las mariposas, de esas grandototas azules que poco se ven en el pueblo, pintaban el aire con su polvo brillante azul turquesa. Con decirle compadre, que hasta me olvidé de a lo que iba. Me acurruqué junto a un tronco viejo y me quedé mirando, mirando esa bendición de Dios. Pero tuve que volver a mis cabales, compadre, porque la necesidad obliga… ya le digo que iba a cortar leña y empecé con el primer tronco seco que estaba más cerca de mí. Ya había yo levantao el machete, compadre, cuando oí unos quejidos como de criatura enferma; muchos muchísimos, en coro, como si les estuvieran dando tormento… los sentí tan pegados a mis oídos que parecía que se me venían encima, apretados y juntos como un zumbido de avispas. Entonces mi miedo aumentó.

Dejé tirao el machete y salí despavorido…. corrí como mejor pude, abriendo brecha entre el monte con mi propio cuerpo. Corrí, corrí, compadre, como alma que lleva el diablo, y va usted a creer, compadre, que el ruido ya no era de llanto sino de risas… eran risas, compadre, carcajadas que aumentaban a medida que yo más corría. Entonces pensé.. han de ser los chaneques que me quieren jugar una mala pasada y procuré calmarme a ver si ellos también se calmaban. Ya no corría; caminé tranquilo buscando encontrar algún camino, pero cuando me di cuenta ya andaba por la laguna encantada.

¿Usted cree compadre…? Las risas no paraban, y yo vueltas y vueltas sin poder llegar a ninguna parte, volviendo siempre al mismo lugar. Con decirle que hasta me caí varias veces y andaba ya todo ensangrentao. Ya estaba yo a punto de tirarme a la laguna de puro desespero, compadre, porque ya estaba empezando a hacerse de noche, cuando vi, primero sus ojos como tizones encendidos entre la ramazón, y después sus cuerpos, compadre, viejos como tronco de árbol viejo, con reflejos verdes como ramas verdes, pero no alcancé a verlos mejor porque la oscuridad ya había apretado. Entonces me acordé de que mi mamá me había dicho que lo que hay que hacer cuando lo atrapan a uno los chaneques es gritar tres veces ¡Juan!..., ¡pero con ganas!, como pa, conjurar el hechizo. Grité con fuerza: ¡Juan! ¡Juan! ¡Juan! y de pronto como que todo se me aclaró; ya no era de noche como creía; las risas se callaron… empecé a caminar… todo se me volvió conocido otra vez, y pude dar con el camino, compadre. Cuando llegué a la laguna bebí bastante agua para enjuagarme el susto, me zambullí con todo y ropa, y cuando salí, sentí como si el mismo San Juan Bautista me hubiera bautizado con su agua bendita, porque se me borró el hechizo y me olvidé de todo lo que me había pasado, compadre”.